Reconstrucción

Tenía que esterilizar lo que sentía,

quitarme los zapatos al volver,

naufragar pero alejarme de la orilla,

para no calcar recuerdos en tu piel.

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Cuerpos

De repente, se sienta frente a mi. Cada palabra que decimos y movimiento que ensayamos parece asentar una especie de clima que encuadra las próximas acciones, que ya parecieran ser inevitables, como cuando el cielo se nubla y el calor se amalgama con la humedad, previo a una tormenta que explota frente a los zapatos de los que vuelven de la oficina.

Nadie sabe bien cómo, pero hay un acercamiento, una especie de confusión involuntaria y un terreno fértil para que todo ocurra. Y el beso ya es parte de una exploración mutua, una enfática y rítmica entrega, un reconocimiento de formas y juegos que acaban en una mirada. De repente, apoyo mi mano en su espalda y la recorro lentamente con los dedos abiertos, alternando intensidades, y puede sentirse que las energías se entrecruzan, y la historia de los cuerpos comparte terreno en un lugar donde mi infancia en las playas de la costa se encuentra con el perfume de sus botas en un martes de colegio.

Epitafio del amor

Hay un silencio. Los días transcurren. Tu magia comienza a evaporarse lentamente, como un leve goteo de hospital, progresivo desprendimiento de esas partículas que ibas dejando en todas mis camisas.

La mano de la vida, generosa en la creación, es certera también a la hora de remover piezas que derrumban castillos. Como si se tirase suavemente del hilo suelto de un sweater, desprendiendo fibra a fibra cada tejido, abriendo el espacio al vacío y la luz, tensando poco a poco la respiración: tira.

Y, entonces, mueres.

Apariencia

Y estas palabras, estáticas,

no te sabrán gritar ni me serán funcionales.

 

Y vos, alimentarás aquello que me alejó,

y seguirás viendo murciélagos en los tests emocionales,

y nuestros ojos inconexos.

 

Y yo aquí, oscuramente en un rincón,

esperando que le des ritmo a estos versos.

 

Quizá, habrá que demostrarte

sin gritar alto.

 

Quizá habrá que susurrarte la verdad

que niegas tanto.

 

Quizá, no hay caso, no podrás entender:

que soy mucho más de lo que muestro y muestro mucho más de lo que ves.

Martes

¿Puede algo desaparecer para siempre?

Caminando de regreso a casa veo bajas las persianas del almacén de Justo, y un cartel escrito de puño y letra que oficia de epitafio: “Cerramos por jubilación”.

En medio de esta nostalgia instantánea que surge en mi y evoca una infancia que idealizo parcialmente, pero objetivamente hermosa al fin en su núcleo, puedo oír la voz del hombre que canjeaba mis tapas de shimmy y coca cola por dirigibles, autitos clásicos y jugadores del mundial 98 miniatura, que oficiaban en mi una alegría comparable a cualquier triunfo del presente.

Brotan todos estos recuerdos, diálogos que curiosamente recuerdo con precisión, y recrudece en mi una certeza aún mayor: puede algo desaparecer para siempre y no ser reemplazado por otra cosa semejante en nuestra vida.

No, la naturaleza no es sabia, no existe un ordenador para estos casos. Algunas cosas, preexistentes a nosotros, pertenecientes a la flora y fauna del barrio al momento en que empezamos a tener conciencia, pueden simplemente esfumarse.

Quizá, este sea el punto que más ruido me genera internamente: que el imperialista aroma de los quesos del almacén, que avanzaba hasta casi mitad de cuadra,  sucumba ante lo que mi familia confirma al pasar y yo, iluso, creía dar como primicia en la cena del martes: en la esquina de Nahuel Huapí y Mariano Acha abrirá un supermercado chino.

Ella

Era distinta al resto de las mujeres. Cuando lograbas un contacto con ella, si atraías su atención, conseguías que te mostrara un pedazo de su mundo.

Era distinta al resto, y es necesario ser reiterativo. Si uno tenía suerte y los contactos se repetían, ella comenzaba a iluminar tus rincones con la luz que despide el sol los sábados al mediodía, y cantaba cuando se ponía los aros en las orejas, y hacía ruido con sus pulseras al escribir en su agenda, y almidonaba tu pecho con su interés por los misterios de la vida y la forma en la que acomodaba los labios cuando miraba la carta de tragos o disertaba sobre su temor por las cucarachas:“no, no miedo, me dan asco”.

No lo hacía a propósito, pero si las cosas fluían, la ventana se iba abriendo por sí misma y ese mundo comenzaba a enloquecerte. Era difícil explicarlo pero uno podía sentirlo: los dos mundos se alimentaban y se generaba una conexión etérea, una relación poco armónica pero bella, como la de los vestidos con el viento.

Pero como a todo lo bueno, no alcanzaba con valorarlo. Si te volvías uno más y le mostrabas la estupidez y el filo, la ventana comenzaba a cerrarse.

Y así, desesperado, agonizante, veías como ese mundo se te escapaba y la ventana se cerraba en tu cara, lentamente, como la persiana del almacén del barrio cuando es viernes y hace frío, y los muchachos llegan tarde a comprar las cervezas.

Y era aún más agobiante ver como los contactos perdían su magia y aunque ella, bondadosa, se esforzara por evitarlo y mostrarte que todo seguía igual, era inútil: la ventana ya no se abría. Ese mundo ahora te era ajeno.

De vez en cuando, en una esquina, la podías ver hablar con otro hombre sin el filo ni ese humo que impregna en tu ropa la estupidez que se contagia tan fácilmente en el día a día.

Y si mirabas a ese otro a los ojos, ahí estaba, podía verse: el brillo, la ventana abierta y la luz del sol del sábado por la mañana, cuando el fin de semana aún comienza, los dioses parecen estar a tu favor, y los mundos se debaten en un día la felicidad del alma.

Primavera

Sé que siempre te molestó mi agnosticismo. Pero me resulta difícil aceptar, reconocer que la primavera acabe por llegar en septiembre, y la gente festeje, y la palabra se proclame como tendencia en Twitter; cuando aquella noche de julio en la que el frío me calaba los huesos, vos florecías a cada segundo.